miércoles, 22 de marzo de 2017

Último aliento

Sueña.
Que tus sueños siempre
sean destructivos.
Que te destruya aquello
que imagines.
Que te devore todo
cuanto has logrado.

Sueña.
Que te conviertes en ave
o dragón.
Que eres agua divina
o poderoso fuego.
Que lo haces todo,
que lo calcinas.

Sueña.
Que tus sueños sean
el rompecabezas del mundo.
Que sean tu orgullo,
tu maldición.
Que te hagan serlo todo
y no serlo.

Sueña. Suéñate.
Destruye. Destrúyete.
Crea. Créate.

domingo, 12 de febrero de 2017

Érase una vez

No puedo dormir, me comen las ganas de empezar una nueva aventura. No puedo esperar a volver a escribir "Érase una vez...". No quiero llorar pero estoy muy nerviosa. Hoy me preparo para cerrar los ojos y volver a ver.

Mi cuaderno nuevo huele maravillosamente bien. Huele a las piedras mojadas de un camino sin mácula que atraviesa un bosque silvestre y conduce a una vieja ciudad. Su tacto es el de la tierra fría bajo la nieve, el de las flores cerradas y bañadas por el rocío, el de la corteza de los árboles más ancianos y el de un papiro que ha permanecido siglos bajo la arena del desierto. Cada página canta hermosas melodías por descifrar en idiomas que nadie ha inventado todavía y las figuras abstractas danzan de una línea a otra, tinta negra sobre el espacio del vacío, el primer violín sobre el bajo continuo. ¿Pero a qué sabe? De momento, sabe a nuevo intento, a método obsoleto, a un nuevo concepto de lo imperfecto.


domingo, 5 de febrero de 2017

Cosas perdidas


Las alas.
Los sueños.
Las ganas.
El empeño.

El orgullo.
La paciencia.
El talento.
La esencia.

Mi coraje.
Sus risas.
Mi viaje.
Sus heridas.

Las vidas.
Las muertes.
Las noches.
Los días.

Las horas.
Los minutos.
Los segundos.

Vampiros, 
ángeles,
brujas, 
demonios.

Paisajes,
lugares,
infiernos,
tesoros.

Las ideas más brillantes,
los augurios de los druidas.
Esta es la lista 
de mis cosas perdidas.

jueves, 2 de febrero de 2017

Aquel lugar

Añoro leerte. Nuestros abrazos nunca fueron de piel, ni de lágrimas, ni de voz, ni de lluvia. Nuestros abrazos eran de palabras y añoro leerte. No eras mi libro de cabecera, ni mi libro favorito, ni siquiera un libro que recomendaría a cualquiera, pero eras un libro muy especial y ese hueco en mi biblioteca jamás volverá a ocuparse.  
Añoro la forma en que podía difuminarme contigo, ser palabras y nada más, ser ausencia, volar sobre tus plumas gris nube y derretir el hielo contra las ventanas de nuestra casa. No sé, tal vez esto es un síntoma más del poeta que nunca seré y del artista que nunca he sido. Pero te añoro, eso lo sé.

Escarcha volvió a aquella gran casa de estancias infinitas, a los cristales y a las rocas, a los muebles arropados bajo gruesas capas de polvo, y simplemente se sentó a esperar. No sabía cuánto tiempo llevaba sin sentarse allí, junto a su ventana, así que se limitó a acomodarse y admirar el silencio. Entre sus manos sostenía un cuaderno en blanco que alguien había mutilado y maltratado y allí, al pie de la última página, escribió por primera vez lo que sentía. De un golpe, cerró el libro, caminó hasta el ventanal para dejarlo sobre el alféizar y se dio la vuelta, decidida a abandonar aquel lugar una vez más. Al salir, sobre la rama de un tosco árbol, observó los ojos grandes de una lechuza que le devolvió la mirada, impávida, admirándola como si fuese una aparición.

 Me gustaría decir hasta pronto  Dijo Escarcha , pero ambas sabemos que todavía no tenemos valor.

A Lechuza, por si volviese.